Amabilidad, divino tesoro

abrazo

¿Qué pasaría si todo-el-mundo bajara un cambio y se empezara a fijar cómo nos estamos tratando?  No hablo de generalidades. La mayoría somos buena gente. No andamos maltratando abiertamente al resto. Aunque hay quienes sí.

Pero hasta los que nos creemos un poco empáticos, optimistas, alegres, divertidos (ponéle) o solidarios, sabemos que no es tan así. Todos (o al menos eso prefiero creer) tenemos ese ‘momento’ en que la mecha está tan corta que volamos por el aire ante algo que en realidad no era para tanto. O sí; pero esa no es la cuestión.

De nada sirve ser tranquilo y amoroso para que después se nos suelte la cadena de una forma que deja al resto flipeado, como dirían mis parientes españoles. Y peor: dolidos. Sí, por culpa nuestra. Acá hago un paréntesis. El temita de la culpa demandaría un artículo aparte. Es verdad que es más sano desterrar todo tipo de culpas (reales, inventadas, chiquitas, grandes, viejas, nuevas). No hacen bien. Pero si hoy se sabe que todos nuestros sentimientos valen, antes de ignorar la culpa, cambiémosla por un me-hago-cargo-de-lo-que-hice/dije/insinué/escribí.

Un clásico de los gráficos: Si agarramos una hoja y la hacemos bollo, pero después la estiramos, planchamos, ponemos abajo de le enciclopedia británica con mucho cariño y esmero… igual, nunca, pero nunca de los jamases, va a quedar igual que antes. No propongo que vayamos por la vida susurrándonos y regalándonos espuma de algodón (¿se llama así?). Muchas veces la realidad es demasiado para eso. Además, una puteada oportuna puede ser lo mejor que nos pase (más decirla que recibirla, claro). Y la vida sería una tristeza si no existieran las reconciliaciones. Algunas están tan buenas que nos dan ganas de volver a pelearnos. Pero debería ser la excepción. No la regla. Lastimar de más, puede ser una pena tan grande como engullarnos la buena energía (si la tenemos) en vez de repartirla. Justo hoy leí una frase que dice: “Cuando tengas más de lo que necesites, construye una mesa más larga y no un muro más alto”. Creo que podemos hacerlo -de hecho muchos lo hacen a diario y naturalmente- incluso cuando no tenemos ni de más, ni suficiente. Ese es el desafío.

Acá podríamos apelar a la gente que tiene tanta buena onda, energía, alegría y optimismo todo-el-tiempo y pedirles que la repartan un poco más. Como servicio al prójimo para quienes vamos que vamos… confiados y agradecidos, pero luchando contra inseguridades o miedos que la vida nos supo conseguir (y nosotros por algún motivo supimos aceptar). Pero no. Vamos a hacernos cargo y a no depender de la energía extra de nadie. R e s e t e e m o s (perdón a la RAE: sé que la palabra no existe).

Para eso, podemos ir un poco más lejos. Detenernos. Regalarnos un par de segundos antes de hablar o escribir y pensar: ¿voy a decir algo que suma? ¿sé que lo que diga va a lastimar mal al otro? ¿que me deja de bueno eso? ¿tengo algo positivo que decir sobre  alguien? ¿y si es solo malo, va ayudar en algo? ¿puedo hacer que el día de alguien sea mejor por haberse cruzado conmigo? ¿o sé que ni yo mismo me aguanto con esta actitud? Las preguntas pueden seguir, pero el punto es uno. Tenemos que tratarnos mejor.

Algunas ideas:

✔️ Ser amables. No sólo una vez, no solo dos. Es un ejercicio que puede convertirse en hábito. Y los buenos (y malos) hábitos pueden cambiar vidas (¡hasta genéticamente hablando!). Ser amable con todo lo que decimos y hacemos. Para esto, serlo primero con nosotros mismos (por-amor-de-dios-y-a-veces-lo-más-difícil). La amabilidad te lleva todo el camino, hasta el final (sea cual fuere). Por más que haya ‘momentos’ (inevitables y hasta imprescindibles) en el medio, la amabilidad gana siempre. Todo es mucho más fácil cuando nos damos cuenta de esto. Lo ideal sería que nazca de una convicción. No solo de que cada cosa que hacemos termina volviéndonos de alguna manera (aunque también es verdad). Y algo tan básico como superador: ser amables con todos. No sólo con las personas. Con los animales, con el medio ambiente, la naturaleza. Les debemos tanto. Nos debemos tanto. Evolucionemos.

✔️ Practicar la gratitud. Levantarse a la mañana y agradecer por otro día. Si alguien ilumina nuestro día, agradecerle. Decirle cuánto significó es gratis. La gratitud (por cada día, por la salud, por el sol, por un amigo, por el agua tibia de la ducha, por ver, por caminar, por el techo sobre nuestras cabezas, por lo que a cada uno le toque) es el paso más básico y poderoso. Agradecer nuestras bendiciones ayuda a que se multipliquen.

✔️ Recalcular. Si estamos escribiendo, chequeemos dos veces antes del send. Podemos apagar un incendio antes que empiece.  Un parámetro podría ser tratar a los demás como nos gustaría que nos traten a nosotros. Antes de decidir, pensar cómo nos haría sentir.

✔️ Gracias, por favor, permiso. Siguen siendo las palabras mágicas. No hay avances ni tecnología que puedan reemplazarlas. Difícilmente fallen cuando alguien las escucha y es impagable la sorpresa que a veces pueden generar. La arrogancia, en cambio, nos hunde hasta último subsuelo. Saludar cuando llegamos, agradecer cuando nos vamos. Guardar el celular. Hablarnos mirándonos a los ojos.

✔️ Elegir la paz. Cuando el drama golpea nuestra puerta, corramos para el otro lado antes de agarrarnos mal con alguien. Cuidemos nuestro tono, modo, palabras, volumen, lenguaje corporal. Escuchemos antes de hablar, Pensemos antes de derrapar. Pausemos antes de actuar. Frenemos antes de atacar. Huyamos antes que salte la térmica. Podemos ser apasionados sin dejar de ser compasivos.

✔️ Pedir perdón y perdonar (o al menos tratar). Si después de un mal momento nos quedamos pensando -como nos enseñan en periodismo-  ¿qué, quién, cómo, cuándo, dónde, porqué? y todo es un mar de confusión. Si sabemos que sin querer (o claramente queriendo) herimos a alguien, disculparnos puede ayudar.  Pero cuando el perdón no alcance para calmar las aguas, probemos con perdonarnos a nosotros mismos y dar vuelta la página en nuestra cabeza. Es más, podemos cerrar ese libro para no volverlo a abrir.

No siempre tenemos que estar de acuerdo. Ni en todo, ni en casi nada. Pero sí en ser ser amables. La amabilidad abre todas las puertas. Podemos cambiar el humor, el día o la vida de alguien (también la nuestra), si nos hacemos sentir respetados y apreciados.

Tenemos que tratarnos mejor. Necesitamos reinstalar el pacto social sobre cómo nos relacionamos en la calle, el colegio, el trabajo, con amigos y en nuestras casas.

No es magia. Es convicción, dignidad, generosidad. Es amabilidad.

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